viernes, 26 de septiembre de 2008

CARTA A MI HIJA







Buenos Aires 27 de mayo del 2008.

Querida Hija:
Hoy llego a ti mediante estas pequeñas líneas, para dejarte mi legado de vida.

Tenía 18 años yo de vida, estaba en plena adolescencia aún, pero yo había decidido cambiar de rumbo y echarme a la vida, así que con papá nos casamos cuando yo tenía 16 años y él 18 años.

Desde el primer día que nos casamos quisimos echar raíces en base a nuestro amor, y comenzamos en la búsqueda. Apenas a los 6 meses de casados, ya habíamos recibido la noticia que nuestro primogénito estaba en camino, todo era alegría y algarabía, se estaba cumpliendo nuestro sueño más anhelado, todo era color de rosa en ese momento, dimos la noticia a toda la familia, y juntos organizaron una gran reunión. Brindaron y festejaron por la llegada del primer nieto, el bisnieto y hasta el tataranieto.

Pasaron los meses y mi vientre comenzaba a tomar forma, y al llegar a los 5 meses de gestación, nuestras almas se llenaron de luto, Ezequiel no iba a llegar al mundo, ya que de pronto, se esfumaron nuestros sueños, porque tu hermanito yacía inerte en mi vientre, se durmió para siempre y quedé entre mis manos su cuerpito.

Fuimos al médico, me dejaron internada y me dieron la triste noticia, que mi sueño de ser mamá, no iba a ser cumplido, que mi cuerpo no estaba preparado para eso.
Me encerré en un silencio interminable, entre lágrimas, y dolor, me sentía llena de frustración.

Papá siempre me consolaba dentro de su dolor, y decía que igual estaba vigente nuestro amor de por medio, y que si no podíamos echar raíces, igual algún día podríamos ser papás de corazón. Tuve mucho tiempo para querer asumir esa realidad y nuestras vidas, de a poco volvieron a la normalidad.

Una fría tarde de junio del año 1988, como de costumbre visité al médico clínico para un chequeo general y alcanzarle unos análisis que me había solicitado. Me había acompañado la abuela Silvia, para enterarse de mi salud…Y de pronto el doctor me dice Felicitaciones!!!!!!. Lo miré con cara de asombro y con la abuela no entendíamos nada de lo que estaba aconteciendo y lo que el médico nos quería manifestar. Le pregunté si los análisis habían salido tan bien como para felicitarme y la noticia que estaba por escuchar, jamás lo podré olvidar.

Sus palabras exactas fueron tus resultados están más que bien, estás embarazada de 3 meses, con la abuela no terminábamos de entender ni reaccionar a lo que él estaba diciendo, mi cuerpo no había cambiado en nada, no tenía síntomas de embarazo alguno, ya que todos durante esos 3 meses, mi ciclo había sido normal igual que siempre.

Para sacarnos las dudas, ordenó una ecografía inmediata, ya que además de no poder creer la noticia, le llevamos los papeles de los resultados de lo que había pasado con Ezequiel, y que me habían explicado que mi cuerpo no estaba preparado y que no iba a poder ser mamá.

Seoane (el doctor), me preguntó si creía en los milagros y le dije que obviamente que si, ya que en verdad por medio de la ecografía se confirmó tu presencia en mis entrañas.
Salí corriendo del consultorio a llamar por teléfono a papá y le dije ¡Estamos embarazados! Jajajaja. No podía creer lo que estaba surgiendo.

Para notificar de nuevo a la familia, esperamos un lapso prudencial, porque nuestros temores resurgieron, y no queríamos ilusionarnos de nuevo.

A los dos meses de haber recibido la respuesta del doctor, escuchamos los latidos de tu corazoncito, y nos embriagamos de emociones, llantos, alegrías, y esperanzas nuevas.

La abuela Silvia se encargó de informar a la familia, ya que no sé si por cábala o que razón, papá y yo no queríamos hacerlo.
Mi vientre había tomado formas, mis curvas, comenzaron a desaparecer, y tus primeras pataditas, comencé a sentir. Cada mes que pasaba iba a control, y todo estaba más que perfecto, me dieron fecha de parto del 31 de diciembre al 8 de enero.

Entre los tíos, los abuelos, primos, las bisabuelas y hasta la tatarabuela, apostaron la fecha de tu llegada a este mundo, algunos decían que llegarías para el 31 y el tío Jorge con todo orgullo, dijo que llegarías el 8 de enero, estaba más que seguro.

Lo único que no quería averiguar era tu sexo, ya que sólo importaba, que estuvieras en mi ser, que estuvieras sana, y que fueras un milagrito de Dios. Te soñé y en mis sueños me decías que todo estaba bien y que eras una nena.

Aún no caía en la cuenta de semejante acontecimiento en nuestras vidas, ya que mi ciclo, durante los 9 meses de gestación, era normal.

Todos perdieron la apuesta, ya que llegaste a este mundo un 5 de enero de 1989, comencé con mi trabajo de parto el 4 de enero a las 23:30 hs, y papá llamó a un vecino para que nos alcanzara hasta el hospital, el obstetra que me revisó dijo que aún no llegarías, que faltaban al menos 3 días más, retornamos a casa, y ya el 5 de enero no soportaba el dolor de las contracciones.

Nos subimos a un taxi, y papá en medio del camino, sacaba un pañuelo blanco por la ventana, para que nos dieran paso en el viaje.

¡Y llegaste! El 5 de enero a los 18:30 hs, ni siquiera teníamos nombre para ponerte, ya que no lo habíamos querido elegir, por el sueño roto pasado. Al nacer la partera me preguntó que nombre te iba a poner y de repente como si una luz me iluminara, le dije Nazarena en forma de agradecimiento al Nazareno, a Cristo y a Dios. Por ser el milagrito de la vida, el regalo más fastuoso que El Señor, me estaba dando.

El hospital estaba colmado de familiares, ganaste la víspera de los Reyes Magos, yo dejé mis pantuflas junto a mi cama, y en casa, el agua y el pastito para ellos, como es costumbre, y me trajeron una “chancleta” de regalo.

Viniste con “Un pan bajo el brazo” ya que papá ese mismo día consiguió un nuevo trabajo, alquiló una casa nueva, y al instante preparó tu nuevo cuarto.

Ya pasaron 19 hermosos años, de aquel bello acontecimiento, somos madre e hija, cómplices confidentes, amigas inseparables.
Surgimos adelante en las piedras, que acertábamos en el camino, nos ejercitamos la una a la otra a superar los malos períodos, traspasamos las murallas, de realidades dolorosas.

Te dejo como legado de mi vida, el sobresaliente del los repasos, que la felicidad, el amor colme e invada tu alma.
Mi amor glorioso hacia vos, el orgullo más grande de mi esencia, tu arribo a mi existencia.

Deseándote la perpetua prosperidad y que tus metas a cumplir te sean siempre concedidas.
Con todo el amor del universo.

Mamá.

Sonia Viviana Lacanette
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Código de Registro 0805270695150.


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Mi nombre es Sonia Viviana Lacanette. Un especial agradecimiento a Juan Cruz Acosta por su ayuda en el blog, otro Gran Joven Poeta.